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Por. Ramón
John
¿Estamos
encaminados a un precipicio llamado Estado fallido? En una colaboración
anterior expuse a grandes rasgos el papel de la Administración Pública como
instrumento del gobierno para que el Estado diseñara políticas que buscaran el
desarrollo del país, si bien el tema es polémico y genera amplio debate, es de
resaltar su vigencia en estos tiempos donde se cree que todo debe dejarse al
libre mercado, sin considerar las características de la sociedad y las
limitaciones que tienen las empresas en naciones como la nuestra, donde
precisamente el Estado debe intervenir para subsanar carencias que no son
atendidas por el mercado y con ello auxiliar en la producción y distribución de
bienes y satisfactores. De lo anterior se desprende que es necesario un Estado
fuerte bajo la observancia y cumplimiento de la Ley para controlar el empuje de
las empresas al amparo de la ola neoliberal que solo buscan sectores redituables
pero se olvidan de los grupos vulnerables, en términos generales salvo algunas
actividades además de la seguridad interior y exterior, el Estado debe ser
vigía de que todo fluya para favorecer la oferta y la demanda. ¿Cómo se traduce
esto para con la sociedad? La referencia obligada son los Estados Unidos, que
es el modelo de “libre mercado” más cercano asimilado por parte de la
tecnocracia y de la clase política, convirtiéndose en sacrosanta imagen la cual
debemos convertirnos a imagen y semejanza; el vecino del norte, como es bien
sabido, cuenta con empresas en constante competencia dentro y fuera de su
territorio en esta era de la globalización, pero todas tienen que rendir
cuentas a la ley de su país y no donde se encuentran elaborando sus productos,
lo que obligó a establecer un marco jurídico “capaz de someter” a todas esas
empresas a los objetivos de la política imperial de la Casa Blanca –aunque
entrecomillado existe una mayor obediencia a las normas a diferencia de otros
países como el nuestro-, si bien suelen darse casos de corrupción o evasión de
las leyes, en general el gobierno estadounidense mantiene bajo control a su
sector empresarial, pero no se puede decir lo mismo cuando se trata de respetar
el derecho de los países donde se asientan sus fábricas, maquiladoras y
subsidiarias. En contraparte, nuestro país las leyes se han diseñado a modo
para atraer al capital con pocas obligaciones para ellas, pues tienden a satisfacer
las necesidades empresariales y no las que requiere la sociedad, recuérdese el
famoso cabildeo o maiceada que le hacen a los diputados y
senadores las distintas empresas que buscan prevalecer sus intereses ya sea las
televisoras, las energéticas, las de alimentos, las de comunicaciones y las que
usted guste. Este breve marco referencial nos obliga a cuestionar a estas
alturas si México está en vías de convertirse en un Estado fallido porque
lejos, muy lejos de alcanzar óptimos grados de crecimiento y desarrollo, el
país navega en una inercia sin objetivo claro y preciso, no aspiramos a ser un
país de primer mundo, nos conformamos con convertirnos en un primer país
maquilador, así de simple y sencillo. La corrupción, el narcotráfico, la violencia,
la represión, la inflación, la carestía, los salarios de miseria, la violación
de derechos humanos, la desaceleración económica, etcétera, son más comunes
desde que aplicaron las recetas del Consenso de Washington en la década de los
80´s y se han acentuado más a raíz de la apertura económica con el TLC en 1994
como si fuera la mismísima Caja de Pandora, pues aunque existían todas esas
condiciones, ahora son cada vez más profundas, más marcadas y con mayores
repercusiones siendo el resultado de aplicar políticas fuera de nuestra
realidad; así que tampoco es casualidad la imposición de presidentes que tratan
de profundizar en mayor medida la desregulación económica, la apertura
comercial, y por supuesto la privatización de todos los bienes de la nación. Cabe
entonces reflexionar ¿estamos en la antesala de un Estado fallido? Si el modelo
no ha funcionado, entonces hay que modificarlo hay que cambiarlo, y la
Administración Pública es la herramienta más adecuada para ello.

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